Hace cuatro años, Naciones Unidas empezó a conmemorar el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio. La fecha no nació porque el odio fuera nuevo, sino porque el problema había cambiado de escala.
Si hace 30 años el odio se quedaba en un comentario a las espaldas, hoy, los discursos de odio circulan en redes sociales con algoritmos que los difunden, campañas políticas, bulos sobre migración o ataques a periodistas.
El mundo ha cambiado, y con ello han llegado nuevos retos que debemos superar para construir ese futuro en el que la dignidad humana está en el centro.
1. Hacer de internet una plaza pública de convivencia
Un estudio de Yale analizó cerca de 12 millones de tuits y detectó que los usuarios que reciben likes y retuits por publicar mensajes de indignación tienden a repetir ese tipo de contenido.
No significa que toda crítica sea discurso de odio. Pero sí muestra que en redes, la reacción funciona como recompensa. Si un mensaje polariza, provoca o enfrenta, tiene más opciones de circular.
A esto se suma el comportamiento online. Las redes han creado una plaza pública permanente, pero en la que la falta de respeto, la distancia de escribir tras la pantalla y el común anonimato da vía libre a lo que en un cara a cara sería impensable. ¿Y si amenazar en redes sociales tuviese las mismas consecuencias que hacerlo en persona?
Además, cuando se denuncian, no siempre desaparecen. En España, OBERAXE señaló que en 2024 el 65% de los mensajes de odio denunciados en redes sociales no fueron retirados. Solo el 4% se eliminó en las primeras 24 horas, el periodo clave para frenar su difusión.
¿Qué se puede hacer?
Ante este reto, distintos países e instituciones están empezando a probar soluciones que buscan reducir la impunidad, limitar la viralización del odio y aumentar la responsabilidad de las plataformas:
- Identidad verificable detrás de las cuentas. Pedro Sánchez propuso en el Foro de Davos que cada perfil en redes esté vinculado a una identidad real verificable, aunque el usuario pueda seguir utilizando un pseudónimo públicamente.
- Retirada rápida de contenidos ilegales. Alemania aprobó la ley NetzDG, que obliga a las plataformas a eliminar contenidos claramente ilegales en 24 horas para evitar que sigan acumulando visualizaciones e interacción.
- Más transparencia sobre los algoritmos. La Unión Europea, a través de la Ley de Servicios Digitales (DSA), exige que las grandes plataformas expliquen mejor cómo funcionan sus sistemas de recomendación y evalúen si están amplificando contenidos dañinos o polarizantes.
2. Hacer política sin convertir a nadie en enemigo
La vivienda, el empleo, la seguridad o la convivencia son problemas reales. El riesgo aparece cuando la política deja de explicar sus causas y empieza a señalar culpables.
Porque es más fácil convertir problemas complejos en un enemigo concreto que asumir que tienen causas estructurales, decisiones acumuladas y soluciones difíciles.
En Europa, distintas instituciones han alertado del papel que pueden tener los líderes políticos en la normalización del odio. El Comité de la ONU para la Eliminación de la Discriminación Racial pidió a Reino Unido medidas frente al aumento del discurso racista por parte de políticos y figuras públicas. El Consejo de Europa también ha señalado en varios informes que los comentarios xenófobos o discriminatorios de cargos públicos pueden legitimar prejuicios y alimentar hostilidad social.
El problema no es debatir sobre migración, seguridad, igualdad o convivencia. El problema es hacerlo presentando a grupos enteros como amenaza, carga o enemigo interno.
Cuando esa narrativa se repite desde atriles, tertulias o campañas, deja de sonar extrema. Empieza a parecer una opción política más.
¿Qué se puede hacer?
- En 2024, Naciones Unidas pidió a Reino Unido actuar contra el aumento del discurso racista de políticos y figuras públicas, incluyendo investigación, sanciones y medidas preventivas.
- El Consejo de Europa recomienda que partidos y representantes públicos se comprometan a no promover, apoyar ni justificar discursos de odio, especialmente durante campañas electorales.
- La Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia revisa periódicamente el lenguaje público de gobiernos y representantes, y ha señalado casos de discursos políticos que alimentan racismo, xenofobia u hostilidad hacia minorías.
3. Aprender a convivir en sociedades diversas
Hoy la normalidad es encontrarnos con personas diferentes: en clase, en el trabajo, en el barrio, en redes, en la universidad o en cualquier espacio público.
Diferentes orígenes, acentos, religiones, identidades, formas de vivir y maneras de entender el mundo conviven cada día en una misma sociedad.
El reto aparece cuando esa diversidad se presenta como amenaza. Cuando se habla de “los otros” como si fueran un bloque homogéneo. Cuando una diferencia cultural, religiosa o identitaria se usa para sembrar sospecha sobre millones de personas.
En la Unión Europea, la Agencia de Derechos Fundamentales señaló que el 45% de las personas afrodescendientes encuestadas había sufrido discriminación racial en los cinco años anteriores. Entre las personas musulmanas, la cifra subía al 47% en una encuesta reciente de la misma agencia.
¿Qué se puede hacer?
- Planes locales de convivencia intercultural. Ciudades como Barcelona han impulsado estrategias interculturales para reforzar el contacto entre vecinos, combatir rumores y evitar que la diversidad se gestione solo desde el conflicto.
- Programas contra rumores y estereotipos. La “estrategia antirrumores”, desarrollada en distintas ciudades europeas, trabaja con formación, campañas y redes ciudadanas para desmontar prejuicios sobre migración y diversidad.
- Educación en diversidad desde edades tempranas. Varios países europeos han incorporado programas de ciudadanía, convivencia y prevención del racismo en centros educativos para que la diferencia no se viva como amenaza, sino como parte normal de la vida democrática.
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