Canadá, miembro asociado de la Unión Europea.
Sí, Canadá.
Es una de las propuestas que Ursula von der Leyen dejó esta semana en el Estado de la Unión y, probablemente, una de las que mejor resume hacia dónde quiere moverse Europa.
La Comisión ha abierto la puerta a que Canadá se convierta en el primer miembro asociado de la UE, acompañado de una alianza económica, tecnológica y de defensa. También propone un nuevo Consejo Europeo de Seguridad que trabaje estrechamente con Canadá, Reino Unido, Noruega y Ucrania.
La propuesta todavía tendrá mucho recorrido por delante. Pero la idea merece atención.
Porque durante los últimos años buena parte de la conversación ha sido sobre cómo Europa puede sobrevivir en un mundo más complicado.
Quizá empieza a aparecer otra pregunta:
¿y si Europa puede ser también uno de los lugares alrededor de los que ese nuevo mundo se organice?
Europa quiere depender menos de los demás
Este era uno de los mensajes más claros del SOTEU.
Menos dependencias estratégicas. Más capacidad económica. Más seguridad. Más autonomía para decidir qué hacer cuando Estados Unidos, China o cualquier otra potencia toma un camino diferente.
Y resulta que esa idea ya aparecía con mucha fuerza cuando se preguntó a más de 3.000 jóvenes en España en El Dilema de Europa.
El 82 % defendía que la UE fuese capaz de reaccionar de forma autónoma ante amenazas globales. Ocho de cada diez consideraban que Europa debería depender menos de aliados tradicionales como Estados Unidos. Y el 81 % apoyaba una política económica europea más activa frente a potencias como China o EE. UU.
No es precisamente una petición de encerrarse dentro de las fronteras europeas.
Es una petición de tener margen para elegir.
Y aquí Canadá encaja muy bien.
Una Europa más autónoma no tiene por qué ser una Europa más sola. Puede significar justo lo contrario: tener suficiente capacidad propia como para decidir qué alianzas quiere construir y en qué condiciones.
Pero aquí viene lo interesante
¿Por qué querría Canadá acercarse de esta manera a Europa?
La propia Von der Leyen utilizó Canadá para recordar que, décadas después de su creación, la UE todavía conserva capacidad de atracción. Y vinculó esa promesa europea con algo muy concreto: paz, prosperidad, democracia y libertad.
Eso importa.
Porque Europa nunca va a competir con Estados Unidos o China únicamente intentando tener más tamaño, más tecnología o más poder militar.
Tiene otra cosa.
Un modelo político basado en que países muy diferentes compartan instituciones, reglas, mercado, derechos y mecanismos de cooperación sin dejar de ser países distintos.
Imperfecto, por supuesto.
Pero sigue siendo un modelo al que otros quieren acercarse.
Casi el 70 % de las personas encuestadas en El Dilema de Europa consideraba importante que España perteneciera a la UE. Y ese apoyo convivía con bastante exigencia sobre cómo debería comportarse Europa fuera de sus fronteras.
Por ejemplo, un 57 % rechazaba acuerdos comerciales con países que vulnerasen los derechos humanos. Y un 67 % defendía que el bienestar de las personas debía pesar más que los intereses económicos en la acción exterior europea.
Ahí está probablemente una de las claves.
No basta con que Europa tenga más poder.
Importa qué hace con él.
Ser un faro tiene una condición
La propuesta de Canadá abre una posibilidad interesante: que, en un mundo cada vez más dividido en bloques, el modelo europeo gane atractivo en lugar de perderlo.
Que Europa sea capaz de construir una red de países que quieran cooperar porque encuentran aquí algo más que un mercado.
Democracia. Derechos. Estado de derecho. Cooperación.
Pero hay una condición bastante evidente.
Para exportar un modelo, ese modelo tiene que funcionar.
Y para presentarse como un espacio construido alrededor de determinados valores, esos valores tienen que notarse también cuando defenderlos resulta incómodo.
Ahí está buena parte del dilema europeo.
Los datos muestran apoyo a una Europa más autónoma y con mayor capacidad para actuar. Pero también una exigencia clara de coherencia entre lo que Europa dice representar y las decisiones que toma.
Quizá por eso la idea de Canadá es bastante más interesante que una nueva alianza comercial.
Plantea otra forma de mirar el futuro europeo.
No solo una Europa intentando encontrar su sitio entre las grandes potencias.
Una Europa suficientemente fuerte, democrática y atractiva como para que otros quieran acercarse a ella.