Son las seis de la mañana en el poniente almeriense y Mohamed ya lleva una hora en el invernadero. El plástico retiene el calor de la noche, el suelo está húmedo y las manos se mueven solas entre los tomates. A esa misma hora, en Granada, Lucía repasa apuntes de Derecho con los auriculares puestos y la calefacción al mínimo porque el piso compartido de cinco personas no da para más. En Jaén, Antonio conduce su camión de aceituna por una carretera comarcal sin arcén y piensa que lleva veinte años escuchando que esa vía se va a arreglar.

En Cádiz, Sara limpia mesas de desayuno en un hotel de playa que en invierno baja al 30% de ocupación. Cobra lo justo, trabaja lo que le mandan y no sabe si el año que viene renovarán su contrato. En Málaga, David mira el extracto bancario de su pequeño negocio de reformas y hace cuentas: los materiales han subido, los clientes pagan tarde y el alquiler de su local lleva tres años sin parar de crecer. En Sevilla, Carmen termina un turno de doce horas en urgencias, sale al aparcamiento y enciende el coche intentando no pensar en la lista de espera que deja atrás. En Córdoba, Javier tiene el móvil lleno de ofertas de trabajo de Madrid, Bilbao y Barcelona. Tiene veintisiete años y todavía no ha encontrado razón suficiente para quedarse. Y en Huelva, los Romero desayunan en silencio mientras en la tele hablan de una macro planta industrial que, dicen, traerá empleo a la comarca. Ya lo dijeron antes.

Ocho provincias, ocho conversaciones distintas

 

Cuando llegan las elecciones andaluzas, los analistas buscan la tendencia, la oleada, el mensaje. Pero Andalucía no es un cuerpo uniforme que se mueve al unísono. Es un mosaico con fracturas internas, con capitales que miran hacia arriba y pueblos que miran hacia afuera, con costas que viven de la temporada y sierras que viven del abandono.

Almería es la provincia del milagro productivo y la paradoja social: produce el 30% de las frutas y verduras que come Europa, pero concentra algunas de las bolsas de pobreza y exclusión más severas del sur. El campo da trabajo, sí, pero a un precio que la estadística oficial prefiere no detallar demasiado. Aquí el voto no se entiende sin hablar de agua, de infraestructuras, de AVE prometido durante décadas.

Granada arrastra la dualidad entre una ciudad universitaria con vocación cosmopolita y una provincia interior que se despuebla a marchas forzadas. La Alpujarra, el Altiplano, el Poniente: municipios que pierden jóvenes cada año como quien pierde hojas en otoño. Granada capital vota distinto a Granada provincia, y esa brecha importa.

Jaén es quizás la provincia más castigada por el relato del olvido. El monocultivo del olivar —primer productor mundial de aceite de oliva— convive con una de las tasas de paro más altas de España. La desconexión con el corredor del AVE ha sido percibida durante años como una metáfora de algo más profundo: que desde Sevilla, y desde Madrid, Jaén no importa demasiado. Ese agravio no es percepción: es política.

Cádiz tiene la costa más fotografiada y la tasa de desempleo juvenil más dramática. La provincia oscila entre el turismo de alta temporada, la industria naval en reconversión permanente y una energía social que no termina de encontrar cauce. Aquí el voto es volátil porque la frustración también lo es.

Málaga es la gran excepción del relato del sur empobrecido. La Costa del Sol ha mutado en un polo de atracción de nómadas digitales, inversión extranjera y gentrificación acelerada. Pero ese éxito tiene su sombra: los jóvenes malagueños no pueden vivir en la ciudad donde nacieron. El precio del alquiler en Málaga capital ya compite con Barcelona. El crecimiento sin vivienda asequible no es prosperidad; es expulsión.

Sevilla manda. O al menos eso dicen desde el resto de Andalucía. Capital administrativa, sede de la Junta, peso político y mediático desproporcionado. El centralismo sevillano es un agravio real para muchas provincias, especialmente las orientales, que sienten que sus problemas se gestionan desde despachos que no conocen sus carreteras ni sus hospitales. Que Sevilla concentre recursos y titulares mientras Jaén o Córdoba aparecen en el mapa solo cuando hay tragedia dice algo de cómo se construye el poder en esta comunidad.

Córdoba tiene historia, tiene talento y pierde población joven de manera sistemática. Es una ciudad de tamaño medio atrapada entre la nostalgia de lo que fue y la dificultad de construir lo que quiere ser. La fuga de jóvenes cualificados no es solo un dato demográfico: es una herida política.

Huelva tiene recursos naturales, tiene posición estratégica en el Atlántico, tiene fresa, tiene polo químico. Y tiene la sensación crónica de que otros deciden por ella. La provincia que mira a Portugal y al mar siente que sus oportunidades dependen de voluntades externas. Eso también se vota.

El voto como conversación entre territorios

 

Las elecciones andaluzas no son sólo una suma de votos. Son una conversación ruidosa entre territorios que intentan hacerse escuchar al mismo tiempo. La Andalucía del turismo pide infraestructuras y contención del precio de la vivienda. La Andalucía del campo pide reconocimiento y agua. La Andalucía universitaria pide empleo de calidad y razones para quedarse. La Andalucía rural pide no desaparecer.

Andalucía no necesita un relato unificado. Necesita que sus ocho conversaciones distintas lleguen, por fin, al mismo sitio.

Hay una trampa clásica en el análisis electoral andaluz: reducirlo a líderes y siglas. Pero los mapas de resultados por municipio cuentan otra historia. Las zonas rurales más castigadas no votan igual que las capitales. Los municipios con mayor emigración histórica tienen patrones distintos a los de las ciudades universitarias. La brecha urbano-rural no es un problema de comunicación política; es un problema de realidades divergentes que ningún programa electoral termina de resolver.

Los jóvenes andaluces, mientras tanto, se mueven en una paradoja generacional: son la generación mejor formada de la historia de esta tierra y la que tiene menos acceso a una vida estable dentro de ella. Vivienda inasequible, contratos precarios, movilidad forzada. Cuando se habla de despoblación rural, se habla también de esto: no es que los pueblos expulsen a sus jóvenes, es que no tienen manera de retenerlos.

La pregunta que sobrevuela cada ciclo electoral es siempre la misma, formulada de ocho maneras distintas: ¿esta vez alguien va a hablar en serio de lo que nos pasa? La respuesta, hasta ahora, ha sido decepcionante con suficiente regularidad como para que el escepticismo sea razonable. Pero el escepticismo, en democracia, no es una postura cómoda: es un lujo que la abstención se convierte en renuncia.

La levantá

 

En Andalucía, “la levantá” es el momento en que el agricultor recoge lo sembrado. No hay romanticismo en ello: es madrugada, es esfuerzo y es incertidumbre. Pero es también la prueba de que algo se plantó con antelación, con cuidado, con intención.

Las elecciones son eso: la levantá de lo que se lleva sembrando en cada provincia, en cada comarca, en cada barrio. Lo que Mohamed siembra en Almería no es lo mismo que lo que Lucía siembra en Granada ni lo que Javier está a punto de abandonar en Córdoba. Pero todos, de alguna manera, están esperando recoger algo.

Andalucía tiene ocho provincias. Tiene ocho maneras de madrugar, de trabajar, de esperar y de votar. Quien quiera gobernar de verdad tendrá que aprender, por fin, a escucharlas todas al mismo tiempo. No es fácil. Pero es lo único que vale la pena intentar.



Isabel Cánovas Soler solercanovasisabel@gmail.com