Se suele decir con demasiada ligereza que la juventud pasa de la política, pero quizá la pregunta que deberíamos hacernos es cuántas veces la política ha pasado de nosotros. Cuando hablamos de ir a votar en las elecciones andaluzas de este próximo 17 de mayo de 2026, no estamos hablando simplemente de meter una papeleta en una urna o de aguantar mítines cargados de promesas. En realidad, estamos hablando de cosas tan reales como ese alquiler que parece una misión imposible, de contratos que no te permiten ni soñar con independizarte, de la ansiedad que genera la incertidumbre y de esos pueblos que se van quedando vacíos mientras sentimos que nuestro futuro siempre se deja para el lunes siguiente.

Andalucía tiene hoy una generación preparadísima, con ganas de comerse el mundo y con una energía increíble, pero lo cierto es que nos estamos chocando contra muros muy altos. Aunque nos cuenten que el empleo mejora, la realidad es que para un joven andaluz las cosas siguen siendo cuesta arriba, con una tasa de paro que supera el 32% y que nos deja muy lejos de la media nacional (que es del 24,54%). No se trata solo de tener un trabajo para ir tirando, sino de tener estabilidad, un sueldo digno y la seguridad de que puedes empezar a construir tu propia vida sin que todo sea una lucha constante.

El tema de la vivienda es, seguramente, el ejemplo más claro de este laberinto. ¿Sabías que, según el Ministerio de Vivienda, el precio medio de la vivienda libre en Andalucía fue de 1.855,4 €/m2 en el cuarto trimestre de 2025? Con los precios por las nubes, no es extraño que apenas un 14% de los jóvenes andaluces haya podido salir de casa de sus padres. Y hay que decirlo alto: esto no es falta de madurez ni es que estemos demasiado cómodos en el nido. Es sencillamente una cuestión de matemáticas básicas. Cuando vivir solo o compartir un piso en tu propia ciudad se convierte en un privilegio de pocos, algo no está funcionando.

Esa misma presión se siente en la educación y en algo de lo que por fin empezamos a hablar sin miedo: la salud mental. Detrás de cada estadística de abandono escolar o de cada cifra sobre bienestar emocional hay historias de jóvenes en definitiva chavales, que quizás solo necesitaban una beca a tiempo, un transporte que funcionara o un psicólogo público que no les diera cita para dentro de seis meses. Ninguna política puede llamarse seria si no entiende que nuestra salud mental es una prioridad absoluta y que no podemos permitir que la soledad o el estrés se conviertan en la norma para nuestra generación.

Por todo esto, votar no es un simple trámite burocrático, es una forma de defendernos. A veces pensamos que no ir a votar es una forma de protesta, pero la realidad es que la abstención no grita, la abstención nos borra del mapa. Si nosotros no decidimos, otros lo harán por nosotros y elegirán qué prioridad tienen la FP, las becas, el transporte o el ocio saludable sin sentir la presión de quienes más nos jugamos en esta cancha.

No se trata de votar por inercia ni de creer ciegamente en lo que nos digan. Se trata de comparar, de leer entre líneas y de preguntar qué proponen de verdad para bajar el paro juvenil o cómo piensan facilitar que podamos tener una casa. Antes de ese 17 de mayo, vale la pena informarse, charlar con los amigos y debatir con espíritu crítico. Al final del día, votar es un acto de autoestima colectiva. Es decir que nuestra vida cuenta, que nuestro pueblo importa y que nuestro primer contrato o nuestro alquiler son temas de primer nivel. No somos una generación perdida, somos una generación luchadora que está cansada de esperar, pero que sigue en pie y con los ojos muy abiertos. El futuro no llega solo, se pelea y se decide en las urnas. Por eso, la mejor noticia para nosotros es que este domingo en cada fila de cada mesa electoral, no falte un solo joven con una decisión tomada y un voto claro. Si asistes, nos veremos por allí.