Algunas cuestiones, aunque políticas, no comienzan el día de las elecciones, sino mucho antes: en la conversación de sobremesa donde alguien dice «esto no tiene arreglo» y nadie responde; en el barrio que pierde su último bar y, con él, el espacio donde la comunidad se reconocía a sí misma; en la obra de teatro que se ve obligada a cerrar porque no llega la subvención. Es decir, el voto es el momento visible de algo que lleva mucho más tiempo cociéndose. Entender eso desplaza la pregunta, pues ya no es solo “¿para qué voto?” sino “¿qué estructuras se reproducen mientras no participo?”.

La cultura como campo de disputas estructurales

 

Existe una idea cómoda y común que sitúa a la cultura al margen de la política, considerándola como un ente que ocurre en espacios limitados y externos como teatros y museos, despojándola de una de sus características vertebradoras. Esta idea no es inocente, pues depende de una concepción estrecha de la cultura (como ornamento, como ocio) que oculta su función constitutiva: la cultura es el espacio donde las sociedades producen sentido, negocian identidades y legitiman o cuestionan el orden social.

En consecuencia, lo que se decide en un parlamento sobre patrimonio, educación o memoria histórica no es accesorio, sino que se compone como la arquitectura simbólica de la comunidad que lo erige. Así, cuando las decisiones se toman sin la participación de quienes van a habitarlas, el resultado no es neutral sino que reproduce un orden cultural determinado, beneficiando a unos y silenciando a otros. La abstención, en ese contexto, no es una postura externa al sistema sino parte de su funcionamiento. 

En una tierra como Andalucía, cuya identidad ha sido construída históricamente desde afuera, reducida al tópico y folclorizada, la participación política tiene una dimensión de recuperación de agencia cultural que va más allá del acto individual de votar. 

El género como eje que atraviesa todas las estructuras

 

La perspectiva de género no es una agenda sectorial sino que parte de un principio metodológico fundamental ya que el género atraviesa todas las dimensiones de la vida social (el trabajo, el cuerpo, el tiempo, el espacio, la participación política) de manera sistemática con un patrón estructural, no como una suma de casos individuales. El concepto de interseccionalidad nos permite ir un paso más allá, pudiendo comprender que las desigualdades no se acumulan de forma aditiva sino que se configuran mutuamente, por lo que ignorar dicha complejidad en el análisis electoral supondría su reproducción. 

En consecuencia, es esencial incorporar la perspectiva de género en la elección de nuestro voto, dotando de la importancia que merece a las diferentes opciones propuestas para la transformación de las estructuras de poder patriarcales. 

La democracia como práctica embedida en lo cotidiano

 

Una de las trampas del ciclo electoral es imaginar la democracia como ceremonia, es decir, como algo que ocurre cada cuatro años y está separado de la vida cotidiana. La participación democrática está embebida (“embedded” en el sentido que le dan Polanyi y luego la antropología económica) en el tejido de lo cotidiano. El desencanto con la política es legítimo y tiene causas reales pero hay una diferencia entre el escepticismo crítico y la renuncia, pues la abstención no es exterior al sistema político sino una posición dentro de él, con efectos concretos y distribuidos de manera desigual.

Pluralidad, territorio y la ilusión de lo homogéneo

 

Andalucía resiste cualquier análisis que la trate como unidad homogénea, pues las ocho provincias que la componen son ocho configuraciones distintas de clase, género, etnicidad, movilidad y acceso a recursos. Es decir, la sistematicidad de las desigualdades que atraviesan esta comunidad no se distribuyen de manera uniforme, sino que se concentra, se superpone, se agrava en función de la posición de cada territorio en las estructuras económicas y políticas. 

Participar es, entre otras cosas, insistir en que esa pluralidad tiene derecho a representación. Que las realidades menos visibles, las que no generan turismo, ni inversión, ni titulares, también son Andalucía; que el sistema democrático solo funciona si las personas que lo habitan deciden hacerlo funcionar, incluso cuando el sistema las decepciona.

Miriam Nuñez Velázquez miriamnunezvelazquez@hotmail.com